Café con piernas
Buscábamos un pasadizo mítico entre una sastrería y un café con piernas. No lo encontramos, pero la búsqueda nos llevó al subsuelo de la Galería, donde Santiago esconde lo que prefiere no mirar. Allí están los cines para adultos, los locales abandonados, los cafés con piernas. Una perfumería fantasma con granos de café esparcidos por el suelo marcaba el territorio.
Éramos tres, dos mujeres y un hombre. Dos cafés nos rechazaron, hasta que finalmente nos llamaron desde una puerta. Adentro había luces intermitentes, reggaetón con parlantes de mala calidad, tres mesas largas sin asientos. Las trabajadoras se acercaron a nuestro amigo, le tomaron la mano, presionaron sus cuerpos contra él, le ofrecieron bailar. Él retrocedió.
Durante la conversación, ellas mantuvieron sus manos sobre la propia piel, sobre su escote. Era parte del trabajo, no una invitación personal. A pesar de la cercanía de los cuerpos, mantuvimos la mirada en sus ojos.





