La Conga
A un costado de la Catedral y Santa Rosa de Lima, bajando una estrecha escalera con luces de neón, hay un subterráneo tan amplio como una plaza. Allí está la Conga, salón de baile y orquesta. Las paredes están decoradas con murales de escenas andinas, pastores, animales, niños y artesanos con sus coloridas vestimentas. Pequeñas mesas y sillas invitan a sentarse y sentir la música de la orquesta. Salsa, bachata o música ochentera inundan el lugar. Pero es el huayno el que despierta las ganas de bailar.
Es entonces que la pista se abre, las mesas se desplazan y los cuerpos se congregan al son del contagioso ritmo. En la pista, un grupo de mujeres llenas de risa se entregan al baile. En ese "acercarse-alejarse" al ritmo del huayno, el paso sincopado y rápido, se apodera del lugar. Los cuerpos no se tocan, se buscan, se rozan. Alegres, ellas convocan con sus manos a sumarse. Son peruanas y bolivianas que cada fin de semana, después del trabajo, se congregan a bailar. Vienen a "soltar el cuerpo porque estamos toda la semana encerradas", son empleadas domésticas.
Las risas y los cuerpos sudados se mueven al unísono, una coreografía de miradas, gestos y alegres giros, amarran comunidad. Tal como ocurre con las danzas del altiplano, allí bajo tierra y neón, se entremezclan la tristeza y la alegría. Cuerpos indígenas y mestizos que a través del movimiento y el ritmo resisten en el subsuelo de la ciudad.











