Bajo la Alameda, sobre suelos coloridos
Ocurre un quiebre en el andar, el sonido y el paisaje de Santiago. En Paseo Bandera, cuando desciende la Alameda, brota la posibilidad de un encuentro distinto, un nuevo percibir y un nuevo sentir. Aquí, el murmullo blanco que invade la ciudad se fragmenta en colores y penetra sobre él todo aquello que no se impone. Resuenan las voces silenciadas por los vehículos que transitan, emerge el sonido del agua bajo la grieta del alcantarillado.
El paso del peatón se enlentece y las bicicletas aumentan su velocidad. Las paredes nos observan, siempre receptivas a nuevos relatos que buscan constituir un parche de pintura, una capa más. Avanzamos acompañados por un entrelazado de ecos, relatos que remiten a un ayer, un hoy y un mañana de lo que fuimos y queríamos ser, de lo que nos mueve y de lo que anhelamos.
Bajo la gran Alameda, hay cabida para plasmar lo propio en el mosaico de la ciudad, para incorporarnos en el camino de quienes la transitarán.






